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Hacia un uso no sexista de la lengua. Salirse de la norma para educar en libertad

Por Andrea García






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Artículo exraído del Boletín Igualdad de Género y Educación. Iscod - FETE-UGT. 8 de marzo de 2007



Las palabras son nuestra forma principal de expresión. Con ellas nombramos el mundo del que somos parte, tratamos de entenderlo y entender lo que somos, y también imaginar lo que queremos que sea. Permiten comunicar, y mostrar deseos y sentimientos. Cada palabra es una llave mágica que abre mi cabeza y hace fluir experiencia y conocimientos.

Con ellas puedo dar y recibir amor. Pero también violencia. Las palabras no sólo reflejan el mundo que me rodea, sino que al mismo tiempo lo crean o lo destruyen. Esas representaciones pueden construir sobre mí una identidad que no deseo, excluir a quienes podrían ser mis referentes, o negar mi propia existencia.

El lenguaje lo usamos con unas normas establecidas en cada comunidad de hablantes que no son aleatorias ni tampoco inofensivas, son parte de una ideología que impone unos significados concretos a las palabras y unas formas de nombrar. El mismo poder que designa los asesinatos de seres humanos como "daños colaterales" ha asimilado el término "hombre" a "varón" y significa con él a toda la humanidad, asignando a un sólo sexo la universalidad, y con ello su centralidad y la subordinación y ocultación del sexo femenino. Ya desde la infancia, las niñas aprenden a asumir que en sus relaciones en sociedad deben sentirse incluidas en el masculino genérico universal, porque así lo dicen las voces que ponen las reglas a su forma de expresión.

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