Las palabras son nuestra forma principal de expresión. Con
ellas nombramos el mundo del que somos parte, tratamos
de entenderlo y entender lo que somos, y también imaginar
lo que queremos que sea. Permiten comunicar, y mostrar
deseos y sentimientos. Cada palabra es una llave mágica
que abre mi cabeza y hace fluir experiencia y conocimientos.
Con ellas puedo dar y recibir amor. Pero también
violencia. Las palabras no sólo reflejan el mundo que me
rodea, sino que al mismo tiempo lo crean o lo destruyen.
Esas representaciones pueden construir sobre mí una
identidad que no deseo, excluir a quienes podrían ser mis
referentes, o negar mi propia existencia.
El lenguaje lo usamos con unas normas establecidas en
cada comunidad de hablantes que no son aleatorias ni tampoco
inofensivas, son parte de una ideología que impone
unos significados concretos a las palabras y unas formas
de nombrar. El mismo poder que designa los asesinatos
de seres humanos como "daños colaterales" ha asimilado
el término "hombre" a "varón" y significa con él a toda la
humanidad, asignando a un sólo sexo la universalidad, y
con ello su centralidad y la subordinación y ocultación del
sexo femenino. Ya desde la infancia, las niñas aprenden a
asumir que en sus relaciones en sociedad deben sentirse
incluidas en el masculino genérico universal, porque así lo
dicen las voces que ponen las reglas a su forma de expresión.

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