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El tiempo libre infantil y juvenil

Por Joan Batlle i Bastardas






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El deseo de poder analizar el tiempo libre infantil y juvenil en nuestra sociedad nos ha de poder llevar a hablar y enmarcar, en primer lugar, el análisis respecto a los cambios y transformaciones a todos los niveles que se han producido en los últimos años en la concepción y organización del tiempo en el conjunto de la sociedad.

En nuestra sociedad no existe la posibilidad de ser reduccionistas en los esquemas de tiempo y espacio en las vidas de las personas.

La concepción del tiempo en la vida de la persona está condicionada por muchos y diversos factores: desde los cambios tecnológicos, desde la misma concepción del tiempo de trabajo, del tiempo escolar, de los espacios de vida ciudadana, desde la concepción del consumo, desde la concepción diferenciada de los espacios, desde la misma concepción del tiempo libre y del tiempo desocupado...

Existe un cambio profundo y a la vez una crisis de enorme importancia en el valor del tiempo de las personas y para las personas. Posiblemente no hemos asumido ni valorado todavía de forma suficiente estos cambios y lo que esto ha de significar.

El tiempo en una sociedad con grandes procesos de cambio y transformación

En pocos años hemos asistido a unos cambios importantes en los tiempos de las personas. Entre otras cuestiones, podemos señalar, por su significado: por un lado, la incorporación de la mujer al mercado laboral, lo que ha provocado el cambio en el tiempo y en la organización de las funciones de la familia tradicional en el seno de la sociedad y de las mismas familias. Por otro lado, la disminución progresiva y real del tiempo de trabajo. Se trabaja globalmente menos horas y se puede disfrutar de más horas libres.

Se ha producido de forma espectacular una clara evolución de la relación del hombre con el trabajo: la búsqueda de la productividad, las reivindicaciones salariales por una reducción del tiempo laboral, la necesidad de tiempo libre para el consumo y relanzar la actividad económica.

Es cierto que el trabajo continua siendo para la mayoría una preocupación importante. Pero, cada vez más, la noción del trabajo es entendida más como un medio con el que ganarse la vida o como el precio por tener derecho a vivir, antes que ser concebida como un fin en sí mismo. El interés por la actividad profesional tiende a basarse simplemente en el aspecto remunerativo.

No es menos cierto, como señala J. Dumazedier en su libro "La revolución cultural del tiempo libre" que: "...la importancia duradera del paro en la conversión tecnológica actual del trabajo nos obliga a distinguir claramente el tiempo desocupado (paro, subocupación) que proviene de la incapacidad de la máquina económica para dar un puesto de trabajo a todo el mundo, del tiempo liberado producido por esta máquina capaz de producir más haciendo trabajar menos a los trabajadores". Lo que nos lleva a tener una idea de la complejidad de la crisis económica y social que atraviesan las sociedades desarrolladas. La organización social, por lo tanto, no puede definirse simplemente a partir de la actividad del trabajo y, consecuentemente, ya no puede ser a partir de aquí que se puedan estructurar los diversos tiempos de la vida.

Se plantea un enorme interrogante para todos los individuos. No se trata solamente de reconquistar el valor primero del trabajo, sino más ampliamente de conquistar el valor esencial del tiempo. El periodo de actividad profesional -vinculada al valor trabajo- tiende a reducirse por el hecho que empieza de forma más tardía cada vez y, a su vez, termina anticipadamente (la jubilación se adelanta, las pre-jubilaciones, el paro o invalidez). Asimismo, el tiempo del individuo se alarga más que nunca dado el incremento de la esperanza de vida.

La relación de las personas es cada día más una de las grandes preocupaciones: ¿qué ingresos para qué tiempo de vida?, ¿qué ordenación del tiempo?, ¿qué sentido dar a la jubilación?, ¿y la formación a lo largo de la vida?.

Cambios que afectan profundamente con radicalidad y que significan a la vez ruptura con la cultura si entendemos esta como "un conjunto de referencias o de valores, recibidos o creados por el hombre, que le permiten situarse en el tiempo, en el espacio y con los demás." La ruptura está clara a medida que cambian los tiempos, los espacios y los valores sobre los cuales éstos se configuran, los cuales no han sido asumidos o reemplazados respecto de lo que hasta ahora configuraba la cultura.

El tiempo libre ya no es solamente un tiempo residual. Participa de esta profunda modificación de la relación con los tiempos y los espacios de las personas, de los grupos y de las relaciones sociales en un sentido amplio de las mismas.

Sería necesario crear las condiciones para cada una de las personas y para la sociedad en su conjunto -siendo ello un trabajo de alto valor educativo- para asumir la existencia del propio tiempo, que en palabras de J. Attali, en su obra "Historias del tiempo", señala "que cada uno defina sus propios ritmos, prefiera crear por su propia cuenta en lugar de comprar los tiempos creados por otros, vivir el tiempo por sí mismo más que dejarse llevar a lo largo del tiempo de los demás".

Permitidme un breve apunte sobre el tema del espacio, en tanto que configurador del tiempo, de la cultura, de la razón de la pertenencia. Cada vez más asistimos a una especialización de las funciones urbanas en un territorio determinado: zonas industriales, áreas comerciales, zonas o campus de enseñanza, grandes conjuntos de viviendas, conjuntos de casas adosadas, carpas de diversión... lo que afecta claramente a los fundamentos de la vida comunitaria, a la reunión y a las relaciones entre las personas. La ciudad con estas especializaciones y compartimentaciones deja de ser un espacio social que favorece el encuentro y la polivalencia de los intercambios.

En el espacio de nuestras ciudades tendremos que conseguir, si todavía estamos a tiempo, que las funciones y los espacios no estén tan compartimentados.

Cambios y crisis en el valor de los tiempos y los espacios que nos han de hacer plantear a medio y largo plazo cómo seremos capaces de avanzar y encontrar nuevos marcos que recompongan los desequilibrios que padecen las personas. En definitiva, para ser ciudadanos y ciudadanas. Para que realmente los tiempos favorezcan la posibilidad de desarrollarse como personas, de socializarse, de ser capaces de vivir en una comunidad que supere las desigualdades y los desequilibrios y que sea a la vez respetuosa y armónica en la preservación de los recursos.

Los tiempos en la vida de los niños y jóvenes

No podemos obviar en nuestra sociedad una categoría de ciudadanos que, por su edad y sus características, viven el tiempo de una forma determinada y que condiciona a la vez el conjunto de su tiempo, de sus espacios y de su entorno social. Hablamos básicamente de la población infantil, adolescente y joven.

Hablamos de esta categoría de edad, como ciudadanos, porque no los podemos definir solamente por uno o varios de los ámbitos en que se desarrolla su vida. Su tiempo en la escuela nos haría hablar de escolares, mientras que su tiempo de familia nos haría hablar de hijos/hijas. Su marco social y de tiempo es el marco de la vida ciudadana, entendida en su globalidad de tiempo y espacios, lo que nos hace hablar de ellos como ciudadanos y, en consecuencia, reivindicar, no solamente de forma conceptual, sino a todos los niveles su consideración como ciudadanos (cuestión que no entraremos a analizar ahora, pero que merece la pena tenerla en consideración) tal y como reconocen las legislaciones más avanzadas.

Un tiempo que en el caso de los niños y adolescentes lo determina y, en gran medida lo condiciona, la misma vida de los adultos: la organización familiar, la estructura familiar, los tiempos de los adultos, sin menospreciar que en muchos casos los niños y adolescentes condicionan y estructuran el tiempo de los adultos.

Un tiempo que, en el caso de los niños y adolescentes, lo condiciona el mismo entorno social, el entorno urbanístico, los recursos económicos que no son autónomos, las programaciones de los medios de comunicación (de forma especial y mayoritariamente la televisión), las industrias del ocio, las culturas y subculturas del ocio (videos, música, videojuegos...), las modas en cada momento (especialmente el vestir), las expectativas familiares -debidamente pensadas o impuestas- respecto a las complementariedades en el tiempo y el ritmo de vida de los hijos (idiomas, deporte, informática...).

La vida de los niños, adolescentes y jóvenes distribuye su tiempo de una manera compleja y a la vez determinada. Podemos decir que en la determinación anual, para los niños y niñas de 6 a 16 años, la distribución del tiempo la podemos estimar de la manera siguiente: un 10% está dedicado a la escuela (900 horas), un 41% del tiempo se dedica a dormir, un 14% a ver la televisión (1.200 horas), un 19% al ocio (1.680 horas), un 4% a los desplazamientos y al trabajo personal (280 horas) y, finalmente, un 12% a comer y a la higiene personal.

Podemos decir, por lo tanto, que en el tiempo de los niños y adolescentes, entorno a un 15% se dedicaría al marco del tiempo escolar (escuela, trabajo personal y desplazamientos) y el 35% del tiempo a ver la televisión y al tiempo libre, conjuntamente.

El tiempo escolar se desarrolla básicamente en un marco físico e institucional concreto, la escuela, y en un marco organizativo y legislativo de carácter obligatorio, gratuito y público. El tiempo de ocio se organiza en torno a la familia y al tiempo libre.

La familia vive en marcos físicos diversos, con legislaciones básicamente de carácter proteccionista (la guarda y la seguridad sobre todo) para la estructura familiar, con organizaciones familiares poliédricas y multidimensionales, con recursos económicos diversos. La diversidad y la pluralidad de la estructura familiar han cambiado mucho en los últimos años: familias monoparentales, menos niños en los hogares familiares, incorporación de la mujer al mercado laboral, a veces diversos hogares familiares... En cualquier caso, el tiempo de los niños está muy sometido al ritmo y a los tiempos de los adultos.

El tiempo de la televisión y de ocio no tiene ningún marco institucional y organizativo específico, tiene legislaciones dispersas y diversas que no se acaban de cumplir. Se trata de un tiempo que no es obligatorio, pero que a la vez tiene poco de alternativo. No está organizado, pero a la vez está comercializado y mayoritariamente está sometido a las leyes del mercado. Es un tiempo que pide, en una sociedad como la nuestra y de forma generalizada, dotarse de recursos económicos para consumirlo.

La industria del consumo en todas sus facetas, cultural, de medios de comunicación, de alimentación, de bienes de consumo genérico ...que conoce muy bien las potencialidades directas e indirectas de sus clientes niños y jóvenes de su tiempo (delante del televisor y en el ocio), reconoce estos sectores de edad como factores económicos de enorme importancia (desgraciadamente poco se les reconoce socialmente) para organizar y vender. En el estudio "Cuentas e indicadores económicos, 1.993" del Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos de Francia, la mitad de este consumo es más o menos directamente prescrito por los niños y su entorno. Los profesionales del márketing no se equivocan, los niños y las mujeres son los principales personajes utilizados por la publicidad.

Podemos constatar cada vez más y con más evidencias que una parte muy importante de los tiempos de los niños y adolescentes de nuestro entorno se apoya, no tanto en la escuela, sino en todo aquello que queda fuera del tiempo escolar. Que también para muchos está fuera del estricto tiempo familiar, por muchas y diferentes circunstancias. Un gran espacio de tiempo de sus vidas, que no está regulado ni institucionalizado, ni mucho menos estructurado, alrededor de este gran concepto del tiempo libre.

Tampoco podemos obviar que nos encontramos en un tiempo de la vida de la persona, la de los niños y adolescentes, configuradora de su educación y formación, de su maduración, de sus aprendizajes, de su socialización y de su culturalización en los términos que nos hemos expresado anteriormente, como "un conjunto de referencias o de valores, recibidos o creados por el hombre, que le permiten situarse en el tiempo, en el espacio y con los otros".

En este sentido, a continuación me referiré a las cuestiones referentes a las funciones educativas -culturales- diversas que, ejercen o pueden ejercer de forma intencionada o no, en el tiempo y el espacio de la familia, la escuela, la televisión y el tiempo libre y, en un sentido amplio, en la vida de los niños y jóvenes.

En primer lugar, señalar que, tanto el tiempo escolar como el tiempo familiar, tienen en común la presencia de unos adultos educadores con nombres y apellidos al servicio intencional de la educación integral del niño, con los que establece una relación consciente: están, los ve, los toca, los quiere, se pelea, vive con ellos...

Tanto la familia como la escuela son dos instituciones que desarrollan un papel y unas funciones concretas y socialmente reconocidas. Por contra, socialmente no se identifica el tiempo libre como una actividad específica de ninguna institución, lo que no quiere decir como ya hemos señalado y señalaremos más adelante, que se trate de un tiempo "vacío", libre de intervenciones e influencias.

En el tiempo libre actúan muchos educadores de todas la maneras posibles, intencionales o no, con complicidad o no con la escuela y la familia, con desigual conciencia por parte del niño o joven. Como podemos ser por ejemplo, los vecinos de la calle, la televisión, otros chicos y chicas del barrio, los libros y cuentos que leen, la televisión, la publicidad, la organización de los espacios de la propia ciudad...

Situaremos ahora de una forma más precisa, la presencia de los cuatro agentes educadores más importantes: la familia, la escuela, la televisión y lo que llamaremos funciones sociales del tiempo libre.

La familia

La familia es el primer ámbito de socialización del niño. Es el punto de referencia principal, el factor determinante en los primeros años de la infancia, que mantendrá una gran influencia, incluso cuando se tiña de rechazo adolescente, para el resto de la vida.

Vemos en palabras de Núria Pérez de Lara "... cuando menos en tres aspectos fundamentales de la vida cotidiana: la domesticidad, la sexo-afectividad y las actitudes y los valores frente al dinero y al trabajo, la familia, sencillamente educa, y lo hace tanto si los padres y las madres dedican mucho tiempo a sus hijos como si no lo hacen, tanto si hablan y se comunican explícitamente sobre estas cuestiones, como si no, porque la familia educa a través de la vida cotidiana, de la intimidad, de los afectos, en una palabra, de la vida."

La familia es el primer gran agente educador y, por lo tanto, el primer punto de referencia que tiene el niño cuando construye sus relaciones afectivas con los demás. Si el ambiente familiar ha estado impregnado de afecto, de apertura, de tolerancia, de buen humor... es muy posible que estos parámetros se mantengan en las relaciones de amistad en la escuela, en la calle, en la vida ciudadana en su conjunto.

Sin embargo, la familia ha cambiado mucho en nuestro país. Destacaríamos algunos cambios que nos interesa señalar en relación a la temática que nos ocupa:

- La dimensión y la diversidad de las familias. Ya no podemos hablar de familias numerosas ni de núcleos familiares extensos viviendo en un mismo entorno, ni de que los hijos abandonen pronto el hogar familiar para instalarse por su cuenta. Tampoco podemos hablar de un único modelo de familia, existen muchos modelos diferentes: familias monoparentales, familias dobles de padres y madres separadas con nuevas parejas...

- La incorporación de la mujer al mundo laboral. La incorporación progresiva e irreversible de la mujer al mundo laboral ha hecho tambalear la estructura patriarcal inherente a la familia tradicional. En las familias en que la mujer trabaja también fuera de casa, o bien existe una distribución alternativa de las responsabilidades domésticas (que rompe, en el mejor de los casos, los papeles tradicionales de hombres y mujeres) o bien la mujer se ve sometida a una doble y agotadora jornada y acaba más vulnerable que nunca en estrés físico y psíquico. No estando dispuesta a ser el paraguas incombustible permanentemente abierto: la enfermera, la cocinera, la asistente, la geriatra, la administradora...

- La calidad de vida y los niveles de consumo. Los años de estabilidad y de relativo bienestar han aportado un aumento en el nivel de calidad de vida y de consumo, acompañado de una mejora en el nivel cultural, en los hábitos de higiene, en las pautas de alimentación...

La familia ha conseguido en estos años seguridad y ha resuelto aspectos básicos: la escolarización gratuita de los hijos, la atención sanitaria, las prestaciones sociales diversas, las pensiones, etc. Asimismo, las expectativas de confort y de servicio del Estado (de la administración pública en general) respecto a las personas han aumentado.

El bienestar también se ha puesto de manifiesto en el aumento del poder adquisitivo o el deseo de hacerlo. Además, el desarrollo de la sociedad de consumo ha transformado a las personas de todas las edades en consumidores exigentes. Como la comodidad crea hábito es difícil, a pesar de la recesión económica, volver a pautas de austeridad y moderación en el gasto: videos, ordenadores, consolas, bicicletas todo terreno, más de un aparato de televisión, toda clase de electrodomésticos, coches, ropa de moda cada temporada. La familia ha pasado a ser una unidad de consumo importante.

- Las relaciones de madres y padres con los hijos e hijas. Las relaciones personales entre padres e hijos ha experimentado también un cambio importante. De entrada, el autoritarismo ha dejado paso a una relación comparativamente mucho más tolerante y acogedora.

Asimismo, este cambio también ha producido desorientación en la educación de los hijos e hijas en muchos padres y madres. Habiendo rechazado el autoritarismo, tampoco han acabado de encontrar el camino para educar la responsabilidad, el esfuerzo y el autocontrol de los niños. Los padres a menudo se encuentran desbordados por unos hijos que lo han tenido todo desde pequeños.

Además hay que tener en cuenta que la prolongación de la adolescencia y la juventud ha significado la imposibilidad de muchos jóvenes de instalarse por su propia cuenta y ser independientes económicamente, flexibilidad por consiguiente, en la relación de convivencia.

La escuela

La escuela es el segundo gran agente educador. Los niños, niñas y jóvenes pasan un una buena parte del tiempo de su vida en la escuela. Se espera que ésta sea un ámbito privilegiado de socialización y de preparación para la vida adulta.

La escuela ha de enseñar a vivir, ha de enseñar a aprender. La escuela es el espacio educativo por excelencia de los grandes aprendizajes relativos a los conocimientos, a las capacidades intelectuales y a las habilidades psicomotoras. Para garantizar la igualdad de oportunidades, la escuela ha de basarse en unos contenidos obligatorios. Asimismo, para adaptarse a los retos de la sociedad contemporánea, la educación no puede limitarse solamente a esto.

Por la escuela actualmente pasan la totalidad de los niños y jóvenes, eso quiere decir que cualquier cambio del comportamiento social ha de plantear, más pronto o más tarde, una intervención en el marco escolar, pero no exclusivamente.

Sin embargo la escuela no lo puede hacer todo y actualmente se siente presionada a actuar en muchas áreas educativas diferentes de los contenidos escolares tradicionales: educación por la paz, educación para el consumo, educación viaria, educación sexual, educación de los valores. Hemos de ser conscientes que, ni por disponer del tiempo necesario ni por ser aquello que legalmente se pide a la escuela, puede hacerlo todo ella sola.

Hasta ahora, la palabra educación era prácticamente concebida como sinónimo de escuela. La escuela era el paradigma de la educación. Hoy por hoy, este reduccionismo es imposible y no funciona. Al tener que afrontar el reto de dar respuestas a todas las necesidades educativas, la escuela busca agentes educadores corresponsables, busca llenar de contenido el concepto de ciudad educadora, en el que se complementan y coordinan las acciones educadoras de diversos agentes.

Si la familia necesita que la escuela funcione -por razones educativas, de tiempo posible de dedicación a los niños, etc.-, la escuela también necesita de interlocutores sociales concretos en el ámbito del tiempo libre de los niños y jóvenes.

La televisión

Anteriormente hemos señalado el tiempo que ocupa la televisión en la vida de los chicos y chicas. Hablábamos de un 14%, unas 1.200 horas a lo largo de un año o incluso más. Son demasiadas veces. Una importancia significativa, como notario de la realidad, aquello que se ve en la tele existe y es importante, a pesar de que en el día a día exista y sean muy importantes otras cuestiones que afecten a la propia vida e imagen que de la misma se construye la persona.

Sin voluntad de ser maniqueos, ni menospreciar la importancia cultural que puede llegar a tener la televisión, indicaremos algunas cuestiones significativamente preocupantes desde el punto de vista de la función educativa de la televisión respecto a los chicos y chicas.

Destacaremos de forma breve la influencia de la televisión en el desarrollo de la afectividad, la cual se concreta en tres tipos de impactos diferentes: el impacto que causa en las relaciones familiares, el derivado de los contenidos que transmite y el impacto que tiene como vehículo de comunicación, con unas leyes y dinamismos propios.

En cuanto a las relaciones familiares, ver la importancia que llega a tener la televisión en la vivienda familiar, a menudo es el centro neurálgico de la misma, con uno o más aparatos de televisión omnipresentes, impidiendo el juego, la lectura, la conversación y la complicidad en general entre padres e hijos.

En relación a los contenidos, entre los valores humanos que transmite, predominan la violencia, el sentimentalismo, el materialismo, el individualismo, la discriminación, el erotismo vulgar, la competitividad a cualquier precio...

Por ello la imagen que recibe el niño - en la televisión lo más importante es lo que se ve y no tanto lo que se dice - del espejo televisivo consolida y perpetua la desigualdad social y bloquea el desarrollo de una afectividad generosa, abierta al respeto a la diferencia. ¿Qué imagen identificadora, normalizadora recibe de los niños y niñas que salen en la televisión, el niño/niña espectador?.

Finalmente se ha de tener en cuenta la propia estructura de la comunicación de la televisión. No admite el diálogo, mantiene un ritmo acelerado de imágenes y sensaciones, no funciona a tiempo real, está invadida por la publicidad encubierta o directa, traiciona y confunde la percepción, se convierte en el reino de aquello que es efímero. Asimismo la televisión crea adición, con efectos aún no suficientemente conocidos, pero que seguramente pueden favorecer: dificultades de concentración, de atención, de paciencia, de dispersión mental... y también de elaboración de los valores dominantes.

El tiempo libre

Este es un espacio y un tiempo que no corresponde -como ya hemos señalado con anterioridad- de forma precisa a ninguna institución educativa concreta, pero que tiene unas funciones y posibilidades enormes a todos los niveles de descanso, diversión y desarrollo personal y que, sino hay ciertas intencionalidades o ciertos aprendizajes precisos, queda a disposición del libre mercado. Y de lo que se trata es de aceptar de manera intencionada el reto de la educación en el tiempo libre de los niños y jóvenes para hacer posible la existencia de un tiempo propio. Esta cuestión la trataremos en la última parte de este artículo.

Señalaremos a continuación cómo se configuran estas tres posibles dimensiones iniciales que se otorgan al tiempo libre: descanso, diversión y desarrollo en nuestro modelo económico y social.

Del descanso reparador al descanso compulsivo

Descansar no es solamente una necesidad fisiológica contrapuesta al esfuerzo y a la fatiga. Saber descansar, relajarse o contemplar gratuitamente es un arte y, aprenderlo, sería una garantía del desarrollo de la sensibilidad, del autoconocimiento, del placer e incluso de la objetividad, así como también de otras capacidades muy nobles para el ser humano.

Desgraciadamente este descanso reparador no siempre es posible en la actualidad. A menudo el desgaste físico y psíquico (atención, retención, ejercitación...) que el niño sufre en la escuela se acentúa cuando los horarios escolares o laborales de los padres no terminan de adaptarse bien a su ritmo biológico, o cuando los niveles de exigencia en su rendimiento sobrepasan lo que sería saludable, o cuando las condiciones materiales de trabajo y estudio en la escuela y de descanso en casa no són óptimas. La fatiga se dispara, los aprendizajes se hacen más duros y agonizantes, y el descanso se convierte en una pura respuesta fisiológica, sin interiorizarlo, ni disfrutarlo auténticamente.

De la diversión creadora al consumismo y la evasión

La diversión es una función claramente psicológica, cultural y social. Todos los pueblos y culturas conocen formas de diversión. La diversión humana implica disfrutar de la vida, de las relaciones personales, de las habilidades y capacidades de las personas. Divertirse es de alguna manera crear: crear complicidades, crear desde la gratuidad, crear signos de identidad.

Pero en el marco de las sociedades industrializadas, de nuestra sociedad, la diversión no es independiente del modelo económico. Es más, se manifiesta en consonancia con la necesidad de consumir aquello que se produce y producir para consumir.

Es precisamente durante el tiempo libre cuando se manifiesta este poder adquisitivo y cuando los niños y jóvenes se convierten en clientes del tener y del consumir. Esto puede conducir a una incapacidad para diferenciar lo que es valioso y necesario de aquello que no lo es, y una incapacidad para decidir qué es lo que me gusta y prefiero de lo que no. Es muy posible que parámetros como la tolerancia o el buen humor se mantengan en las relaciones de amistad en la escuela, en la calle, en la vida ciudadana en su conjunto.

Sin embargo la familia ha cambiado mucho en nuestro país. Destacaríamos algunos cambios, que nos interesa señalar en relación a la temática que nos ocupa:

- La dimensión y la diversidad de las familias. Ya no podemos hablar de familias numerosas, ni de núcleos familiares extensos viviendo en un mismo entorno, ni que los hijos ab casos, sinónimo de evasión, de inhibición y de huida respeto de los propios problemas, y los niños y jóvenes tenderán a relegar la satisfacción personal a este espacio de tiempo, llenándolo de una fantasía más anestesiante que creadora.

Del desarrollo de los valores humanos a la consolidación de la sociedad dual

El espacio del tiempo libre es, virtualmente, un espacio para el desarrollo individual y social, para el desarrollo de los valores humanos. Este desarrollo, en un espacio de tiempo marcado por la opción personal, por la no obligatoriedad, adquiere una dimensión nueva y posibilita que el tiempo libre sea auténticamente transformador.

Pero, a su vez, es un tiempo para transmitir y digerir la jerarquía de valores dominantes en la sociedad del mercado total, con la eficacia añadida que en tiempo libre, el individualismo, la competitividad, la afición al poder y al prestigio, el " tener" más que el "ser ", son valores que se presentan rodeados en una vivencia subjetiva de libertad, de elección personal.

Esta digestión de los valores dominantes se da de todas las formas posibles: bien participando directamente en propuestas de ocupación del tiempo libre que comportan una determinada escala de valores, bien asumiendo ésta de forma indirecta, a partir de la profusión de mensajes sociales y de la presión ambiental.

De esta manera, muchos niños y jóvenes llenan su tiempo libre (y no siempre por su propia voluntad) de actividades que les permiten prepararse mejor para un entorno social competitivo y agresivo, bien sea a costa de añadir a la jornada escolar clases complementarias interminables, bien sea buscando actividades "etiqueta" o elitistas que les permitan diferenciarse nítidamente de los demás

Otros niños y jóvenes procedentes de familias con menor poder adquisitivo asimilan tranquilamente qué es lo que vale la pena y lo que no a partir de su relación más o menos intensa con los medios de comunicación y la publicidad.

Podemos, por tanto, terminar este bloque señalando que los factores económicos y culturales ejercen una influencia discriminatoria en nuestra sociedad y, especialmente, con los niños-niñas y jóvenes en su tiempo libre. El tiempo libre reproduce las desigualdades socioeconómicas, incluso las acentúa. ¿Cuáles son entonces, llegados a este punto, los mecanismos sociales sobre los que es preciso actuar?.

El reto necesario de la acción social y educativa en el tiempo libre y los mecanismos sobre los que se ha de actuar

Estaremos de acuerdo, como ya hemos venido señalando a lo largo de la exposición, que cada vez más estamos en un proceso de liberar tiempo libre en la vida de un individuo a escala de toda la vida, de un año o de un día. Es evidente por tanto que la preparación, el aprendizaje del niño-niña y joven en el tiempo libre es una apuesta decisiva para su futuro. De lo que se trata en definitiva no es solamente que el tiempo sea libre sino que lo sea la persona, con su autonomía y su propia capacidad de crear y dirigir su propio espacio de tiempo y la necesaria integración a la vida en comunidad, a su entorno y a una nueva cultura.

De la calidad del tiempo libre que se pueda ofrecer a los niños y niñas, adolescentes y jóvenes, dependerá más adelante la calidad de sus relaciones humanas, los vínculos sociales que han de establecer y, de forma clara, la capacidad de adaptación y a la vez de transformación y desarrollo de un entorno social y cultural que ha de hacer posible la diversidad y la diferencia, con más libertad, justicia y solidaridad que supere las desigualdades socioculturales y económicas que el modelo actual acentúa.

Señalaremos lo que podrían ser funciones de carácter social del tiempo libre, algunas de las cuales son ya una realidad y otras que son potencialidades que habrán de articularse y hacerse realidad y, a su vez, son retos de la acción concertada y planificada del conjunto de la sociedad: familia, escuela, movimiento asociativo, administración pública, mundo de la empresa y financiero, partidos políticos y sindicatos.

Estimulación de la participación social

El tiempo libre es un espacio de tiempo colectivo, de cooperación, tiempo para la práctica de la democracia: la participación y la ciudadanía, mediante la implicación de los niños y niñas y jóvenes en los asuntos sociales.

Consolidación de la identidad cultural

El tiempo libre como tiempo de vivir y recrear la propia cultura y la cultura de los otros. Las posibilidades de la información, del encuentro y la interculturalidad, del descubrimiento de la lengua y de los lenguajes ricos y diversos de la expresión humana, de la música, el arte, la historia, el paisaje...

Relaciones personales e identidad cultural

El tiempo libre es tiempo de amistad, de autoconocimiento, de desarrollo de la afectividad, de encontrarse con uno mismo, de descubrir las propias capacidades, de maduración de los sentimientos, de vivir en grupo y asociarse y aprovechar todas sus posibilidades: diálogo, compromiso, cooperación...

Interiorización de los valores humanos

El tiempo libre es tiempo de vivir e interiorizar y experimentar la solidaridad, la libertad, la generosidad, la responsabilidad.

Disfrutar de la vida

El tiempo libre es tiempo de alegría, de disfrutar de la vida, tiempo de felicidad, de gratuidad, de diversión...

Compensación de las desigualdades

El tiempo libre puede ser tiempo para nivelar los desequilibrios derivados de la injusticia y de la falta de oportunidades y no tanto para acentuar las diferencias en una sociedad polarizada.

Educación permanente

Derivada de todas las funciones anteriormente señaladas, la educación permanente centrada en el desarrollo individual y colectivo y una pedagogía adaptable a las necesidades y posibilidades de cada persona, es la función sumatoria y global de nuestra concepción del tiempo libre. Una educación que se ha de vivir en un marco de no-obligatoriedad y de vinculación prioritaria a la experiencia personal de los niños y niñas y jóvenes, lo que representa un valor añadido respecto a la educación formal.

Es preciso, por lo tanto, plantear la emergencia de una política de tiempo libre y de vida cotidiana. El tiempo disponible constituye una de las principales riquezas que hay que mantener y desarrollar, pero que a su vez también se ha de regular y estructurar para que se reduzcan los factores de desigualdad.

No se trata de aumentar la oferta de actividades de tiempo libre, sino de dar sentido a la totalidad de la vida y, en consecuencia, no aislar el tiempo libre de los otros tiempos: " La escuela, la familia y el tiempo libre constituyen los polos interdependientes que riman la vida de los niños y niñas y jóvenes". De esta manera, estos tres polos se han de articular de manera complementaria y convergente, para que el derecho de los niños y niñas y jóvenes pueda ser, en primer lugar, un derecho a la felicidad.

Presidente de Movibaix y Vicepresidente de la Fundació Catalana de l’Esplai


Fuente: La Factoría. 1997




     
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